jueves, 23 de julio de 2015

Lo que Pablo Escobar le hizo a mi pizza de pollo con champiñones.

Durante el puente del 20 de julio del presente año me fui de Camping (a lo “pobre”) de paseo con dos amigos a una de las autoproclamadas maravillas de Colombia, con un presupuesto ajustado y una carpa de soltero que cada vez que entraba se hacía increíblemente más acogedora.
La salida de Bogotá estaba planeada a las 10 am y se pospuso para las 11 por un trancón de cobijas en mi casa y en la casa de mis compañeros de viaje. Luego de salir de Bogotá y durante unas 4 horas de recorrido por una carretera espectacular (debo admitir que la concesión de la ruta del sol está absolutamente bien ejecutada, vías de hasta 3 carriles y sin huecos, por llanuras y túneles, hacen que viajar de Bogotá a Medellín sea en verdad un paseo y no una tortura llena de malos pasos), en la que al final llegamos a lo que ahora es un parque temático y que en sus inicios era la Hacienda Nápoles, uno de los fortines y sitios de descanso más famosos del mundo del narcotráfico y en general de Colombia. Desde la carretera se puede apreciar la avioneta donde Pablo Escobar llevaba sus primeros kilos de Cocaína importada desde Ecuador y aun así esto no me escandalizó, pues sentí una cierta afinidad con los empresarios que tomaron la hacienda y le dieron un nuevo significado.
Luego de unos 20 o 30 minutos más andando por la carretera llegué a otro de los “hitos” históricos del narcotráfico en Colombia, Doradal, un pueblo de paso al parecer, pero que solo después de probarlo entendí el daño real que le había hecho alguien como Pablo Escobar al mismo. Como mencioné anteriormente, estuve solo de “Paso” ya que no nos detuvimos en el pueblo ni a refrescarnos porque debíamos llegar pronto al parque a armar las carpas y decidir el cronograma del fin de semana.
Al Parque llegamos entre 5:40 y 6:00 pm y esto nos dificultó un poco el levantamiento de las carpas, pero al final todo salió sin ningún tipo de problema. Fue entonces cuando tomamos una decisión que cambiaría mi perspectiva sobre Doradal y su historia para siempre. Como recién llegábamos al sitio decidimos ir a mercar al pueblo más cercano, que era el anteriormente mencionado, eran las 7-8 de la noche y encontrar una tienda para hacer mercado fue más complicado de lo que esperábamos. El pueblo estaba totalmente despierto con discotecas y Moteles con luces prendidas, algunos restaurantes abiertos y quien lo creyera droguerías por doquier, pero tiendas de pueblo no se veían por ningún y empecé ahí mismo a cuestionarme el porqué de tal cosa. Finalmente luego de unos 10 minutos de caminata, porque el pueblo tampoco es muy grande, encontramos una tienda de abarrotes que tenía todo tipo de licores y desechables, pero de comida muy poco, nos conformamos con el atún y el botellón de agua, además de algunos paquetes para cenar.
Al siguiente día iniciamos la exploración del parque, gusto que compartí con varios extranjeros y muchos más visitantes que venían de Medellín y sus alrededores. Debo aceptar que no me quejo del manjar que se dieron mis ojos con siliconas desfilando y que fue mucho más de lo que imaginaba y esperaba. Mujeres con brasieres y escotes a la orden del día, todas acompañadas de su novio (asumo), que casi siempre demostraba su machismo y malas maneras en sociedad (eructos y gases frente a su mujer mientras se reía y decía que el guayabo estaba muy gonorrea ome!), tal vez esto me predispuso un poco para lo que sucedería unas horas después, luego de haber explorado el parque y el rio decidimos cenar en algún restaurante y para lo mismo elegimos el pueblo; creíamos que allí tal vez podríamos encontrar una opción más económica que las que ofrecía el parque y de cierta forma así fue.
Llegamos a las 8pm al parador que queda justo en el límite del pueblo (aquel que tiene un hipopótamo deforme en su entrada), con un presupuesto de 25 mil pesos colombianos para una cena de 3 personas y por esto mismo decidimos que una buena opción sería ir a un asadero y comprar un pollo y dividirlo entre tres. Y fue así como iniciamos una búsqueda que no daría frutos en cuestiones alimenticias pero que si me mostraría mucho más del pueblo y que respondería a manera de Insight las preguntas con las que venía del día anterior. Decidimos buscar el susodicho asadero (asumiendo que como en cualquier otro pueblo habrían varios al alcance de nuestro presupuesto). En esta búsqueda conocimos el centro del pueblo y su iglesia, asimismo descubrimos que existen 3 droguerías  por cada dos cuadras y un relativo de 6 y 5 discotecas por km cuadrado del pueblo, cada una con su respectivo motel al lado, en este momento empecé a malpensar un poco sobre la idiosincrasia del pueblo, pero no profundice en el tema. Luego de caminar durante unos 30 minutos terminamos regresando a la carretera y entrando a un sitio de pizzas llamado Bambino´s Pizza. Totalmente rendidos por la frustrada búsqueda del asadero nos sentamos en la primera mesa que encontramos y decidimos hincarle el diente a una porción de pizza del sitio. Desde que nos sentamos hasta que nos atendieron pasaron unos 20 minutos, para lo cual uno de mis compañeros tuvo que levantarse y hablar con una de las meseras del sitio; acto seguido revisamos la carta y cuando quisimos hacer el pedido ya no estaba la persona a nuestro lado. Luego de un sinfín de señas apareció una persona distinta que de cierta mala gana nos preguntó que queríamos comer, en ese momento yo cerré la carta y le dije: Quiero una pizza de Salami con pollo; pero cual sería mi desdicha cuando moví mi cabeza y me di cuenta que de nuevo el mesero había huido de nuestra mesa. Cinco minutos después volvió a aparecer esta vez con una libreta en la mano y repetí mi pedido. Acto seguido el mesero me miro a los ojos y con cara seria me dijo:
-Voy a revisar que pizzas hay porque no sé.
Sin importar mi cara de asombro volvió a desaparecer entre las mesas y se acercó a lo que creo era la caja y casi de manera inmediata volvió para decirnos que solo había pizza hawaiana, que si queríamos de alguna otra debíamos pedir una pizza mediana o grande por lo que decidimos pedir una pizza mediana de Pollo y Champiñones para los tres. El mesero nos miró y respondió de manera algo despectiva:
-          Bueno pero se les demora unos 20 minutos.
Asentimos a la vez todos los miembros del grupo y nos dispusimos a esperar, luego de 40 minutos de espera, en la que vimos entrar y salir personas por la misma razón, cansancio de esperar y tal vez más ganas de ir a alguno de los “rumbeaderos” y moteles cercanos. Justo en ese momento regresó nuestro mesero para hacernos una pregunta con cierta malicia implícita:
-          Su pizza aún se demora unos 20 minutos, ¿van a esperar o…?
La cara de los tres fue la misma, entre la sorpresa y el enojo asentimos; el mesero entonces vio llegar un par de camionetas de la cual se bajó un hombre vestido de camisa y pantalón con la que creo era su esposa y tres hombres más. En cuanto los vio corrió a limpiar su mesa y a mostrarles el menú y fue en ese momento que nos golpeó, la realidad del pueblo al fin llegaba a nuestra visión de visitantes: el mesero no era sencillamente malo, no era un pésimo establecimiento, era la cultura en general del sitio. Ahí nos dimos cuenta del daño que había hecho pablo Escobar 20 años atrás, les quito de su mente la idealización del trabajo y de lucha, convirtió a Doradal en su Chochal privado, su pueblo de bacanales y al hacerlo destruyo todo lo que pudo a su paso. Doradal es un pueblo lleno de moteles y restaurantes porque se siente así, sus habitantes (hablo desde el desconocimiento que dan solo tres días de visita) se sienten parte de ese tipo de sociedad, por lo mismo no se interesan en explotar su posición estratégica, no solo frente al cañón sino en la carretera,  se acostumbraron a ser el sitio que ofrece el trago, la rumba y las putas, pero de ahí no salieron, a pesar de la muerte de Pablo (quien aún es el santo de devoción del pueblo).
Lo peor no era solo eso, Doradal no es un caso aislado, la cultura narco ha calado tanto en la sociedad antioqueña que exacerbo ciertos tipos de conductas en sus mujeres y hombres. El sueño de ser gatillero y empezar a escalar en la pirámide criminal sigue siendo el “colombian dream”, asimismo es el ponerse tetas y operarse toda para levantarse al susodicho lavaperros y agarrarlo verdecito, o apuntarle al capo y esperar que se enamore, todo dentro de la misma sociedad. Y es que esta cultura narco no nos toca solo en el centro del país, en Cali, Bogotá, Pasto, Barranquilla y todas las ciudades donde han pasado tiempo los narcotraficantes y sus dólares llenos de sangre han manchado a la sociedad colombiana, nuestra pseudo nobleza criolla se encuentra tan untada de criminales que ni siquiera ellos son capaces de apuntar con el dedo, solo el de a pie es el que vive limpio. Casos como los del “papero” y el club el nogal pululan por nuestra sociedad que de cierta forma los adula y sueña con ser como ellos; es por eso mismo que no me extraña que una persona con vínculos cercanos al cartel de Medellín y a los paramilitares haya sido presidente y reelecto. Es tan triste nuestra idiosincrasia que de cierta forma todos somos como el mesero del restaurante estamos esperando aquel personaje lleno de dinero para, ahí sí, demostrar nuestra valía, y apuntarnos en una carrera hacia el éxito fácil y sin esfuerzo.

La mentalidad enana que dejaron los narcos en nuestro país es lo que ha explotado en nuestras caras miles de veces, la misma que nos ha mantenido en una guerra durante más de 50 año, que ha llevado a masacres y que ha mantenido en el poder a cierto grupo, el narcotráfico nos hizo un daño terrible, el daño terrible que hace la plata fácil a quien se acostumbra a obtenerla de esa forma. Y es que el facilismo colombiano no es algo de que enorgullecerse, sino algo que deberíamos erradicar, pero debido a su inmediatez y a la falta de visión nos ha llevado a mantener dentro de nuestra cultura cosas vergonzosas como orgullos patrios.